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La velocidad de la espera

Updated: Dec 6, 2019

La era de las tertulias de café y los devaneos del pensar parece haber quedado en el pasado. Sin embargo, los escritores siguen defendiendo ese reducto de la lentitud y el paseo mental que todo acto creativo comporta. 


Por Carla Pravisani


Si algo ha permanecido inalterable con el paso de los años ha sido el largo espacio de merodeo que ocupo antes de que surja algún razonamiento interesante. Es decir, el tiempo para divagar, para ausentarme de lo urgente y cotidiano, para realizar una serie de ritos que se vuelven cabalísticos en su función de ablandar la mente y ese hábito adquirido en la búsqueda de acciones que generen resultados. Sólo luego de ese proceso de pérdida me dispongo a escribir algo con relativa libertad; es como la forma de acomodo de un gato antes de encontrar la posición final. El tiempo utilizado así es un oasis. Norman Mailer le otorga al inconsciente el poder de este fenómeno: “Mi inconsciente va a revelarme lo que yo decida cuando él lo decida”.


Lamentablemente mi tiempo de pensar ha caído en desgracia, ha sido atormentado por la necesidad de ocuparme (o preocuparme); o en la urgencia de encontrar en el pensamiento la eficiencia y no el ensayo. Imagino con cierta envidia las tertulias a las que asistía Borges para oír a Macedonio Fernández sobre las cuales decía: “La certidumbre de que el sábado, en una confitería, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba para justificar la semana”. Estas reuniones solían durar desde las once hasta el amanecer. Según él, en la Perla cada artista joven era un pensar de arte. Y al respecto escribió: “Es, en la deshabitada noche / cierta esquina del Once en la que Macedonio Fernández, que ha muerto / sigue explicándome que la muerte es una falacia".


Me hubiera encantado asistir a alguna de estas reuniones entre amigos/colegas en las que había un placer en el “pensar” de forma conjunta. De alguna manera Borges siempre buscó esa interacción que le permitiera —supongo— abrir la percepción individual: desde el pensar en esas tertulias que arrancaron en Madrid en el café Colonial presidida por el escritor Cansinos-Assens, hasta la escritura de varios libros con Bioy Casares. El pensar con el otro es un ejercicio que permite un espejo y una expansión; hilar los razonamientos y ponerlos a prueba frente a la escucha. Un ejercicio literario a todas luces. Subir poco a poco una escalera imaginaria con los peldaños que va construyendo la dialéctica. Imagino en estas tertulias el tiempo conscientemente dedicado al merodeo en su versión más privilegiada.


Byung Chul Han habla de que los intervalos o los umbrales forman parte de la topología de la pasión. “Son zonas de olvido, de pérdida, de muerte, de miedo y de angustia, pero también de anhelo, de esperanza, de aventura, de promesa y de espera. El intervalo en muchos sentidos también es una fuente de sufrimiento y dolor”. Hay mucho que sucede en ese estado transitorio aunque en apariencia no suceda nada. Podríamos pensar que la calma le otorga una llave a la intuición; y que para eso es necesario que el tiempo adquiera una capacidad plástica, subjetiva, poética.


El periodista soviético Ovchínnikov escribía en una crónica sobre Japón: “Se considera que el tiempo ayuda, per sé, a revelar la esencia de las cosas. Por lo mismo los japoneses encuentran un encanto particular en las huellas dejadas por el tiempo: los atrae el tono oscurecido de un árbol, la rugosidad de una piedra, o aun la desastrosa apariencia de una ilustración cuyos bordes han sido manoseados por un gran número de personas. A estos signos del paso del tiempo, les dan el nombre de saba, que literalmente significa “herrumbre”. Saba, pues, es la herrumbre natural, el encanto de lo envejecido, el sello del tiempo. Saba, como un elemento de belleza, es la relación entre el arte y la naturaleza”.


Enunciar que se necesita tiempo para pensar es una absoluta obviedad, sin embargo, no lo es tanto su íntima relación con la estética, el poder del vacío que se encauza a partir del ejercicio de la espera, de la resistencia estoica a la incomodidad que genera la incertidumbre, esa renuncia tácita al ego y sus atarantadas ambiciones. Incluso podría afirmar —según mi experiencia— que existe una diferencia entre la escritura a mano y la escritura a máquina por la capacidad de la primera de ir más lenta que el pensamiento; de ir tratando de “no perder” lo que se piensa. Eso obliga al pensamiento — como en una genuina relación en que se toma en cuenta al otro— a demorarse; a elaborar lento y construir las ideas pausadamente y, a su vez, le otorga soltura y espontaneidad. El primer desdoblamiento literario podría darse aquí: en la velocidad y el acomodo entre las ideas pensadas y las escritas. Pensar lento es como comer lento, algo bien difícil de lograr. Si alguien ha intentado lo que recomiendan los nutricionistas de masticar hasta cuarenta veces un bocado sabe que eso es como subir el Everest de la digestión. Un ejercicio de voluntad y resistencia. Seguramente los japoneses tendrán también un nombre para esto, porque ya todo lo han pensado en su capacidad de imponer siempre una versión espiritual a la realidad.


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